| Entrevista completa a María Novo sobre Desarrollo sostenible. |
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| Escrito por Rosa Castro | |||
| Miércoles, 21 de Abril de 2010 22:40 | |||
En su obra “El desarrollo sostenible. Su dimensión ambiental y educativa” usted plantea que la única forma de comprender la actual crisis ambiental del planeta Tierra es conocer las raíces del pensamiento occidental. ¿Cuáles son esos principales valores y forma de pensar que nos han conducido a la actual situación?Creo que los actuales problemas que presenta la relación humanidad/naturaleza nacen en las mentes y las conciencias de los seres humanos, en nuestra forma de percibir el entorno y de percibirnos a nosotros mismos con dominadores absolutos de todo lo existente.
En ese sentido, la Modernidad que se inicia en los siglos XVI y XVII es decisiva para configurar una cosmovisión occidental que se caracteriza por algunos rasgos básicos: la sobrevaloración del racionalismo y la expulsión de otras formas de conocimiento distintas de las científicas (como el conocimiento común acumulado por el campesinado a lo largo de cientos de años, o el conocimiento de las mujeres); también la idea de que el conocimiento es poder y el asunto es realmente “hacer” y no tanto “ser”. En ese sentido, puede decirse que, en la Modernidad, la pregunta del mundo renacentista “¿esto es bueno?” (que era una pregunta ética) va siendo sustituida por “¿esto funciona?” (que es una pregunta totalmente tecnológica).
Los poderosos vínculos que se generan en el mundo moderno entre el conocimiento y la manipulación tecnológica, especialmente para la transformación de la naturaleza, no han tomado en cuenta el hecho de que los bienes de la tierra son limitados, en un planeta que es un sistema cerrado, finito. Al mismo tiempo, la obsesión por el crecimiento continuo ha sido históricamente una de las causas de la crisis que vivimos actualmente. Conocimiento, tecnología e intereses económicos han avanzado realimentándose, dando lugar a un modelo de entendimiento del mundo y de acción sobre él que no está regido por valores sino por los intereses del mercado. Pero el mercado se mueve en tiempos cortos y la naturaleza lo hace en tiempos largos. De ahí la disfunción que tiene lugar por la exaltación de las ideas de competitividad, control, dominio, que no reconocen los límites del mundo natural. Nuestra tragedia es que la tecnología ha crecido muy deprisa, el mercado lo ha invadido todo, y, sin embargo, la conciencia se ha desarrollado muy despacio, nos faltan valores profundos que pongan límites a este crecimiento irrefrenable que amenaza con llevarnos al colapso civilizatorio. La crisis actual pone en evidencia que la civilización occidental debe replantearse el camino, dejando a un lado la creencia de que la simple innovación o tecnología solucionará el problema. Usted habla de la necesidad de un cambio de mirada. ¿Cómo poner en valor una nueva vida que sea sensible y responsable con la Naturaleza cuando durante siglos no se ha seguido? ¿Cómo convencer a la sociedad de que somos parte de la Naturaleza y para nuestra salud y bienestar social debemos ser respetuosos con ella? Me alegra su pregunta, y veo que estamos en sintonía en cuanto al diagnóstico. Por lo que respecta a la emergencia de nuevos enfoques, de otras formas más amables de relacionarnos con la naturaleza (y entre nosotros, entre los ricos y los pobres del planeta…) creo que hay que comenzar por plantear una pregunta tajante: ¿de quién es el mundo? Esa pregunta admite múltiples respuestas, pero, si las formulamos desde la conciencia ecológica y los principios éticos, todas nos dirán que la naturaleza tiene valor intrínseco, valor en sí misma, y que nosotros los humanos estamos legitimados para utilizar sus bienes como usufructuarios que somos de ella, pero no para destruirla. Éste es uno de los principios básicos del desarrollo sostenible: usar los recursos naturales a la misma velocidad en que pueden reproducirse, y no impactar sobre el entorno en mayor medida de la que éste puede absorber y degradar esos impactos. Si hubiésemos respetado una norma tan sencilla, no estaríamos donde estamos. También se puede responder a la pregunta en términos sociales, y entonces vemos cómo las brechas Norte-Sur se han agrandado en la última década, como los pobres necesitan emigrar, abandonar a sus familias, para salir de la miseria, y entonces comprendemos que el mundo parece no ser de ellos, sino de quienes explotan sus recursos, de las grandes corporaciones que dominan los hilos del comercio mundial… En este aspecto tampoco el panorama es reconfortante… Una y otra consideraciones nos indican que hoy el mundo está siendo cada vez más propiedad de quienes controlan las instituciones financieras, de las corporaciones multinacionales… Este es un problema que tenemos que solucionar cuanto antes porque, si dejamos que sean los intereses comerciales y financieros los que configuren la vida en nuestro planeta, el presente y el futuro se presentan llenos de amenazas, no sólo para el medio ambiente, sino también para la mayor parte de los seres humanos que pueblan la tierra. La educación ambiental es, sin duda, un gran instrumento para contribuir al cambio de mentalidad, para insertar en la sociedad otros valores que hablen de respeto, solidaridad con todo lo vivo, responsabilidad de nuestros actos de cara a la sostenibilidad local y global. Pero la educación no puede hacerlo todo, los educadores no están solos, compiten con la televisión, con internet, con la publicidad…, por eso sus mensajes no llegan a calar en los jóvenes tanto como desearíamos. Ello no debe desanimarnos, creo que hay que insistir, sobre todo en la formación de las personas que toman decisiones, de los profesionales que están gestionando los recursos. Y una cosa que tiene que mostrar y repetir a los jóvenes la educación ambiental es que nuestras sociedades no siempre han sido como las conocemos actualmente, que la sociedad de consumo es un “invento” de la segunda mitad del siglo XX y que nuestros abuelos conocían bien el arte de reciclar, la austeridad y la posibilidad de ser felices con pocas cosas, de mirar algo más hacia dentro, hacia sí mismos y sus valores. No es que todo lo de antes fuese bueno y lo de ahora negativo, no quiero caer en esa simplificación, pero hay datos que nos hacen pensar que este modo de vida actual es claramente insostenible. Por ejemplo, sabemos que, a partir de la década de 1980, la humanidad está consumiendo recursos por encima de la capacidad del planeta para regenerarlos. Y que, de seguir con las actuales pautas de extracción y consumo, contando con los comportamientos de países como China, India o Brasil, se calcula que en los primeros 20 años del siglo XXI la humanidad podría consumir tanto como en todo el siglo XX. Como se ve, estamos en una situación que es preciso corregir con urgencia. La educación, los educadores, lo están intentando en muchas partes del mundo. También todos los movimientos alternativos que trabajan a favor de otro mundo posible. La incógnita es si llegarán a tiempo… El desarrollo sostenible no debe ser una meta, sino una forma de vida. A pesar de las tendencias consumistas o de desconsideración con el medio ambiente, hay muchas iniciativas en la actualidad que están realizando una fuerte acción social a favor del Medioambiente como el Foro Social Mundial, La banca ética, el Comercio Justo o el Movimiento Slow, del que usted es parte en España. ¿Este tipo de acciones nos dan esperanza de un cambio de tendencias o serían simplemente islas en ese “mar de pobreza”? Mire, yo creo que de lo único que no podemos abdicar es de la esperanza. Estamos retados a seguir imaginando mundos mejores y a esforzarnos por promover cambios en ese sentido. Es cierto que quienes no estamos a favor de la corriente dominante trabajamos en condiciones de alta incertidumbre, sembramos nuevas ideas, interrogantes, propuestas, sin saber muy bien dónde y cómo cuajarán y tomarán vida. Pero esa es la grandeza de todas estas iniciativas, atreverse a pensar de otra manera, otear lo invisible e intentar hacerlo manifiesto, ensayar modelos de intercambio y de vida que no sean agresivos con el medio ambiente y que favorezcan la equidad social… Puede que, en estos momentos, toda la enorme contestación que está teniendo el modelo dominante no sea del todo percibida porque el disenso surge de forma dispersa, pero, si indagamos un poco, es fácil percibir un gran descontento no sólo en las gentes del Sur empobrecido, que se ven desposeídas de sus recursos, sino también aquí, en el Norte enriquecido, donde las personas sufren tantas depresiones y tanto malestar espiritual. En ese sentido, la crisis actual, con su inevitable cuota de sufrimiento para mucha gente, ha hecho que muchas personas tomasen conciencia de que el modelo de “nuevos ricos” en el que estábamos viviendo era inviable. Todo eso está promoviendo cambios, está en efervescencia. Hay muchos grupos que disienten, que inventan, que se unen para vivir mejor con menos… Es un movimiento que se está gestando por abajo, lentamente, pero hemos de confiar en las sinergias que se establecen entre los distintos actores, en la capacidad de las redes para generar procesos colectivos que conduzcan a un nuevo modelo social. Como afirma Federico Mayor, el siglo XXI es “el siglo de la gente” y tenemos que confiar en que sea la gente la que reconduzca las pautas de vida de estas sociedades tan codiciosas, en las que el dinero se ha convertido en la medida de casi todas las cosas, incluso de la naturaleza y de los seres humanos… La educación es clave en ese cambio hacia un mundo sostenible y puede aportar parte de las soluciones. En esta obra usted menciona el término psicológico de resiliencia, que se refiere a la capacidad de los sujetos para sobreponerse a períodos de dolor emocional, para que educativamente las personas puedan aprender y desarrollar nuevas estrategias para vivir en un mundo mejor. “Educar no sólo con la razón sino con el corazón”. ¿Cómo lograrlo? Está comprobado que una educación meramente racional, que no movilice los sentimientos y la conciencia, es un proceso frío que no alcanza al ser humano en su totalidad. Necesitamos educar a nuestros niños y jóvenes para que utilicen su imaginación y sean capaces de imaginar soluciones nuevas para los viejos problemas. También es importante educarlos en la resolución pacífica de conflictos (que tiene una gran carga emocional), algo que va a serles necesario a lo largo de toda su vida. Y es muy importante fomentar la resiliencia, esa capacidad de utilizar a nuestro favor circunstancias que nos vienen en contra, convirtiendo los retos en oportunidades. Pero esto no puede ni debe hacerlo sólo la escuela. Es tarea ineludible de las familias, de los padres y las madres. Para lo cual es preciso que la sociedad contemple los tiempos dedicados a la vida familiar como algo valioso, algo que crea vínculos, valores, que forma ciudadanos responsables y personas equilibradas. Lamentablemente, nuestras sociedades están organizadas en el sentido contrario: las personas se ven obligadas a dedicar demasiado tiempo, jornadas muy largas, al trabajo productivo y a los desplazamientos que conlleva. Después, cuando regresan al hogar, les queda un tiempo escaso (en el que se suele estar muy cansado…) para dedicarlo a los hijos, a la pareja o al propio cuidado personal. Creo que es un reparto injusto, por mucho que esté asimilado socialmente. Con los adelantos tecnológicos de que disponemos sería posible trabajar menos horas, habría empleo para más gente y la vida sería más amable para todos. La educación también tiene algo que decir aquí. Hay que discutir este tema en las aulas. La gente debe hacerse responsable de su tiempo, en la medida de lo posible, para saber cuánto de él quiere dedicar a ganar dinero y cuánto a disfrutar de su convivencia con los demás. Y digo esto con todo el respeto para tantos y tantos mileuristas, para personas que viven con el salario mínimo, que no tienen muchas opciones para elegir. Pero hay otra mucha gente que, pudiendo hacerlo, elige mejor tener dos casas en lugar de una y a cambio se pierde la posibilidad de estar más tiempo con sus hijos. Ése es el problema, y la educación tiene que abordar estas cosas, tiene que tocar el corazón de la gente, no sólo la mente, y hablar en el lenguaje de la vida. Vivimos demasiado deprisa. El ritmo occidental es frenético y el no hacer nada es sinónimo de vago. Parece que el hacer y el tener son los principales verbos. Usted también ha sido consciente de ese correr a ninguna parte y esa deshumanización o neurosis colectiva y acaba de publicar “Despacio, despacio…”. Cuente un poco esas 20 razones que argumenta para tomarse la vida de forma relajada. En primer lugar, he de decir que la lentitud es una metáfora. Lo que propongo en el libro es, en realidad, una vida personal más sostenible, más equilibrada, y desde luego la prisa no contribuye a ello. Pero no quiere decir que siempre haya que ir lentos, sino más bien que hay que tomarse tiempo y sosiego para saber cuándo debemos correr y cuándo debemos pararnos. En realidad, ahí está el secreto, en respetar nuestros ritmos biológicos, nuestra vocación, nuestras capacidades, no intentando correr detrás de muchos de los señuelos que nos lanza la sociedad moderna: la riqueza y el éxito como única medida de la felicidad; la necesidad de estar siempre moviéndonos de un lado a otro; la vanidad que supone presumir de tener la agenda siempre llena, cuando eso debería ser un signo de mala organización… Nuestra asociación, Slow People, se subtitula “tiempo y sostenibilidad”. Quienes la constituimos estamos convencidos de que la sostenibilidad personal es un prerrequisito de la sostenibilidad colectiva. Cada persona tiene que aprender a usar el agua, la energía… y también el tiempo. ¿Por qué? Pues porque es un recurso no renovable, que no se puede acumular, ni se puede recuperar cuando lo hemos perdido… El tiempo es un tesoro que se nos da para que lo usemos adecuadamente, y mucha gente lo despilfarra y sólo aprende a valorarlo cuando le ocurre una desgracia (una enfermedad grave, un accidente…). No deberíamos esperar a ese momento para intentar ser felices usando nuestro tiempo para aquello que realmente queremos ser o hacer en la vida. Como ve, no le he dado las 20 razones…, porque sería muy largo resumir un libro en esta breve entrevista (y también porque espero que sus lectores se animen a leerlo…). Pero créame que lo he escrito porque quería compartir esta necesidad que muchos sentimos de asumir otro ritmo en nuestras vidas y darnos tiempo para lo verdaderamente importante, eso que siempre vamos aplazando. Nos va en ello nuestra felicidad, pero también está en juego la sostenibilidad personal que tan necesaria es en estos momentos para construir la sostenibilidad colectiva. Rosa Castro ( Aragón-Investiga)
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En su obra “El desarrollo sostenible. Su dimensión ambiental y educativa” usted plantea que la única forma de comprender la actual crisis ambiental del planeta Tierra es conocer las raíces del pensamiento occidental. ¿Cuáles son esos principales valores y forma de pensar que nos han conducido a la actual situación?